Clara de Benavidez (Ventanas íntimas de Montevideo II)

Clara de Benavidez se miró al espejo. Su piel se veía más pálida que de costumbre. Se vio terriblemente fea, avejentada, demacrada, sus labios se habían vuelto más finos y su cara más angulosa. El dolor no disminuía, era como si le hubieran dado una fuerte patada de pleno en su estómago. Su mundo se tambaleó y no tenía donde apoyarse o con quien contar. Pensó como último recurso ir a pasar una temporada con su única amiga que había emigrado a Austria persiguiendo a Hans, su amor diplomático de solo una noche. Sin arreglarse demasiado caminó unas cuadras por la calle Brandzen y después decidió continuar por la Avenida 18 de Julio, donde consiguió un panfleto turístico del país europeo en una agencia de viajes y tomó el ómnibus para ir a despedirse de su padre con quien no se hablaba hace años.

Clara de Benavidez era enfermera y ese día le cambiaron su horario en el hospital, por eso ni ella ni su esposo sospechaban que llegaría temprano a casa. Marcos Benavidez, su esposo, era profesor de educación física, la única asignatura en que había sobresalido en sus años de estudiante. Pero lo intelectual no era lo que estaba de moda, sino un cuerpo atlético y una carcajada despreocupada, por eso, y por el horario exigente de Clara, le era fácil serle infiel. El ruido de las llaves afuera y el hecho inminente de que por fin había sido descubierto solo agregaron excitación al momento y Marcos no pudo parar de inmediato su faena de placer cuando Clara entró y los vio en plena acción, la opulenta brasilera de piel tostada gemía y creo que cuando la volteó a ver hasta le sonrió en un vaivén de blancos dientes en los siguientes segundos que fueron de éxtasis para Marcos y eternos para Clara que no atinaba a nada sino a continuar mirándolos sin pestañear.

Esa fue la patada en el estómago. Clara de Benavidez había tenido sospechas por varios indicios y pistas que le dejaba su esposo, pero nunca lo confrontó. Su relación con Marcos era vacía sentimentalmente, era más como una sociedad comercial, de intercambios acordados, beneficios mutuos y sin grandes desacuerdos, pero de responsabilidad limitada, al menos en cuanto al interés genuino de procurar el bienestar del otro. Aún con todo, Clara le había sido fiel. Le había sido fiel desde antes de casarse y no era justo que él le correspondiera así. Es cierto que Clara tenía enfado de esa relación sin sentimientos. Sus momentos íntimos eran un suplicio para ambos. Ella no lo disfrutaba, y hasta pensaba que era pecaminoso en alguna medida, así que cerraba su mente y quedaba desnuda, inerte, inexpresiva, con sus ojos abiertos sin pestañear, hasta que él terminara. Marcos, acostumbrado a relaciones más fogosas, no le perdonaba que ella fuera frígida, y cumplía con su labor de semental solo por apariencias y cuando el horario de Clara no le permitía desahogarse a pleno con alguien más.

La brasilera no tardó en vestirse y salió con sus sandalias en las manos. Ellos quedaron solos sin hablar. Marcos suspiró. Nunca se supo si era por la incomodidad de la situación o porque seguía reponiéndose de la exhaustiva actividad física. “Me voy” dijo ella. Las sandalias brasileras le recordaron lo incómodo de sus zapatos rígidos y se puso una curita en la rozadura que empezaba a molestarle en el tobillo. Clara deseó tener esas sandalias. Salió de casa primero sin rumbo fijo casi tambaleándose, pero después se perfiló más decidida hacia el centro. Ya en el colectivo, sentada junto a la ventana abierta sintió un cambio dentro de sí. No lo quería admitir al principio, y hasta se dio asco, pero cuanto más pensaba, más lo aceptaba, hasta llegar al punto de disfrutarlo. Una parte suya había despertado de un congelamiento eterno, había sentido cierto placer al ver a la brasilera y a Marcos complacerse tan a fondo. Era una mezcla de celos, envidia, rabia, pero también deseo. Juntó saliva, tragó y tiró su cabeza hacia atrás, sintiendo cómo el viento se metía entre los botones de su blusa y le penetraba la piel. Miró a su alrededor primero, y después se desabrochó un botón más. Se sintió una mujer libre, sin compromiso y con todas las excusas posibles, y ahora era su turno de disfrutar lo que nunca había podido hacer.

Un hombre de traje se sentó junto a ella en la siguiente parada. Venía agitado. Lo había visto correr unos veinte metros para alcanzar el ómnibus. Ya en marcha él comenzó su ritual de sacarse el saco y desabrocharse el cuello de la camisa. Usaba perfume. En el proceso se habían rozado dos o tres veces con el codo y ella no lo iba a quitar de su sitio. Tocar con el codo a un extraño y dejarlo allí a propósito era lo más cercano a la infidelidad que ella había experimentado. Él se puso a leer el diario, y ella miraba inerte su panfleto de atracciones turísticas de Austria con la vista clavada, pero sin conseguir leer ni una palabra. Todos sus sentidos estaban enfocados en disfrutar lascivamente de ese contacto de codo-brazo que iba y venía con el vaivén del ómnibus, fantaseó con que él continuaba desvistiéndose y por un instante se le aflojaron los dedos dejando caer el panfleto. Estaba viviendo emociones nunca antes soñadas. Él se agachó para devolvérselo y mientras tanto le miró las piernas y ella lo percibió. No pudo ni agradecerle por el favor, porque si abría la boca, sería para hacerle una invitación indecente, y ella no lo era. No, no podía hacer eso. Hizo un movimiento como para acomodarse el pelo y a la vez sacudirse esos malos pensamientos. Se empezó a preparar para bajar y dijo “permiso” sintiéndose casi liberada después de haber rondado por senderos secretos y clandestinos hasta entonces. Pero el destino se confabuló en su contra. “Yo también bajo” dijo él. Ella comenzó a caminar pero pronto él la alcanzó y caminaron juntos por cuadra y media. Ante tanta ansiedad y vencida por su falta de experiencia, Clara de Benavidez fue quien habló primero “Si me va hablar, decídase.”

Entraron a un departamento amueblado, pero donde era evidente que no vivía nadie. Ella no podía esperar más, había cruzado el umbral de lo prohibido y no había vuelta atrás. No dio oportunidad a que le quitaran la ropa, ella sola lo hizo y con las cortinas abiertas a plena luz se tendió nuda en la cama. De alguna forma quería que el mundo se enterase de lo que estaba haciendo, pero más aún quería que Marcos Benavidez se enterara. Clara de Benavidez quería ser mirada, acariciada, tomada, disfrutada y no importaba por quien, por eso nunca le dio su nombre al hombre del traje, ni preguntó por el suyo. Clara de Benavidez disfrutó por primera vez, y nunca llegó a Austria, ni siquiera a ver a su padre, sino que volvió a su casa con una nueva luz en sus ojos para dedicar todas sus energías a amar y a complacer a Marcos Benavidez y para sentir a pleno y ser amada con toda pasión por él.

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Eusebio Maidana (Ventanas íntimas de Montevideo)

Eusebio Maidana usaba sombrero. En su época de juventud bailó tango arrabalero y fue de los buenos. Al traje negro, rayado, lo conservó como a una reliquia por años, envuelto en una bolsa negra de plástico, dentro de una pequeña valija rígida heredada de su madre de cuando emigró de Europa, hasta que el fuego lo devoró aquella noche infame mientras él se emborrachaba en un bar del vecindario. El sombrero era el único recuerdo físico de que aquella realidad espléndida y jovial, fuera en verdad parte de su vida. Hoy en día Eusebio Maidana mira a la nada con sus ojos de un celeste triste, casi gris.

Con su esposa muerta y distanciado hace años de su única hija, el puesto de diarios donde también publicaba los números ganadores de la lotería, eran su vida. Se había colocado en una esquina, en el centro de Montevideo, enfrente de una casa importadora de repuestos de automóviles. Gracias a los grandes ventanales de la empresa, Eusebio Maidana podía ver el movimiento en la oficina desde su puesto. Los muchachos le caían bien, Eusebio era ignorado la mayor parte de las veces, pero en ocasiones, alguno de ellos le ofrecía una sonrisa, o un saludo y eso era suficiente porque un día uno de ellos le llevó un café por pura gentileza, y con ese acto se había granjeado su corazón. El señor de traje, uno de los jefes, tenía apariencia de hombre bueno; algo insulso y arrastraba su andar, pero bueno. Viudo seguramente, porque le quedaron ganas de amar, por eso miraba así a la única empleada de la oficina. Podría ser su hija, pero algo tenía todavía ese hombre, porque parecía que ella le correspondía. No en la oficina, sino en una mesa discreta del bar. Le recordaba a sí mismo hacía unos años atrás, y se preguntaba si este hombre no acabaría, igual que él detrás de un puesto de diarios cuando llegara a edad para jubilarse, resultado de no haber sabido qué otra cosa hacer. Ese presentimiento se tornó aún más real cuando cierto día un borracho tomó a este hombre del brazo, justo frente a su puesto de diarios, y apoyándose en él le dijo “¿Sabés lo que te pasa? Que no vas a ninguna parte.”

El tratar de adivinar los pormenores en la vida interna de esa oficina constituía la única fuente de distracción a su mente. Entre las cosas que podía ver desde su posición estratégica, era un tremendo almanaque colgado en una pared, cada mes traía consigo la reproducción de alguna obra maestra y él trataba de adivinar cuál era la obra de arte del mes en curso: Goya, febrero había sido consagrado a Goya.

Fue el deseo de volver a sentirse importante, copartícipe, y de reír, reír ferozmente como lo había hecho de antaño, y un sentimiento unilateral de complicidad que sentía hacia ellos, que meses después accediera a participar en una broma que resultaría macabra.  Cierto día un par de los muchachos nuevos llegaron a hacerle una petición improbable: anunciar en su tablero de lotería un número falso. El número 15.301 debía estar anotado en la pizarra a cierta hora específica, y minutos después podría ser borrado o corregido. Era una broma inocente, inconsecuente, para Menéndez, uno de los chicos de la oficina. Menéndez había comprado un boleto de lotería, y no solo que lo anunció, sino que dijo que tenía la corazonada de que si no lo mostraba a nadie, el número sería el ganador. Como buitres estuvieron sus compañeros, hasta que la oportunidad se presentó. En un momento de distracción el boleto había quedado visible a uno de ellos, y la broma se gestó.

En las tediosas horas de la siesta del siguiente día, uno de ellos comenta el número final, otro más de los cómplices repica la terminación 301. La sucesión de los eventos subsiguientes permanecen en la memoria de todos en la oficina, como una nebulosa, un sueño surrealista que fue primero en cámara lenta y después a una velocidad tan estrepitosa que nadie atinó a hacer nada. Menéndez abre el cajón. Toma su boleto. Respira mientras un raudal de sangre le llega a la sien. Tapa los números de su boleto con el dedo gordo y lo empieza a deslizar con lentitud, como quien juega a las cartas, retardando, administrando la excitación que provoca la develación de cada número. Respira. Queda sentado unos segundos más tragando sin saliva. Se muerde un labio. Se levanta dudoso. Mira a sus compañeros, pero a pesar de su pésima actuación y falta de disimulo, él quiere creer que es cierto. Y lo es. En la pizarra de enfrente está su número ganador, 15.301.

Da un breve salto nervioso, corre por enfrente de la oficina de su jefe atropellando todo hasta la oficina del director general irrumpiendo en una reunión importante, se le abalanza por encima del escritorio y le da un beso en la calva ante el asombro de todos los presentes. El hombre bueno, su jefe inmediato, entra a sacarlo de un brazo y lo lleva entre los anaqueles de pistones y una euforia aún presente en Menéndez para sentarlo y decirle la verdad. Para hacerle correr un sudor frío que comenzaba en el estómago e invadía cada arteria de su cerebro, congelando a su paso todas sus ilusiones. Las rodillas de ese muchacho se le aflojaron porque no podía creer lo que le decían hasta que la sacudida de hombros, un grito ciego y la presencia fúnebre y delatadora de todos los demás fueron ya demasiado evidentes.

Menéndez perdió el trabajo en aquel instante, y lo último que vio ese trágico día al salir de la oficina y cruzar la calle con sus pertenencias en una caja de cartón, fue la mirada gris de aquel hombre a quien un día le regaló un café para alegrarle el día. Eusebio Maidana que pudo presenciar casi todos los eventos y adivinar el resto, titubeó, amagó para decir algo al verlo pasar, pero se conformó con dar media vuelta para acomodar algunas revistas, cerrar temprano y regresar esa noche al bar para emborracharse una vez más.